De
mayor quiero ser… Esa frase que tanto pronunciamos cuando somos pequeños.
Algunos tenemos claro lo que sigue y siempre la acabamos igual. Otros, van
cambiando de terminación. Pero algo que todos pronunciamos son las ganas de
crecer, las ganas de vivir. Esa ilusión al pensar todo lo que nos queda por
delante. A medida que crecemos vemos las cosas con una perspectiva diferente.
Nuestra manera de ser cambia, pero nuestra esencia no. Estamos hechos de
experiencias y recuerdos. Puede que a lo largo del camino nos haya ido bien y mantengamos
esa alegría que irradian los pequeños, o puede que nuestra energía se haya ido
apagando. Pero todos seguimos teniendo nuestro niño interior. Pase lo que pase,
nunca saldrá de nosotros, forma parte de nuestra persona y es imposible
desprendernos de él. No es malo sacarlo a pasear de vez en cuando.
Nos
enseñan a crecer, a ser responsables, a no perder los modales, a tener
comportamientos de ‘’adulto’’. Pero no nos enseñan que es igual de importante
disfrutar de la vida. Y muchas veces se nos olvida. Seguimos un patrón con el
que puede que nos identifiquemos, o puede que no. Pero si rompemos ese patrón,
nos arriesgamos a que nos llamen ‘’raros’’, a que nos miren mal o a que se
piensen que estamos rompiendo las reglas. ¿Y quién puso esas reglas? ¿Quién dijo
qué es lo correcto? Nadie. La sociedad nos impone algo que no sabemos ni de
dónde viene. Por eso, deberíamos de dejar de preocuparnos por ser perfectos. Cada
persona es libre de hacer con su vida lo que le apetezca (mientras no haga daño
a nadie). Todos tenemos derecho a buscar nuestro camino. A disfrutar de la vida
a nuestra manera. Porque yo de mayor quiero ser…feliz.

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